Cuidado personal y profesionalismo

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Suelo llevar junto a mí, a todos los lugares en donde me dirijo, una mochila para traer un cepillo de dientes y un secador de cabello como los principales acompañantes de mis viajes.1

No recuerdo cuando comencé a cumplir religiosamente esta práctica, de seguro en mi adolescencia, ahora que estoy cerca de los 30, ya no dejo de hacerlo. Tampoco he cambiado mi corte de cabello, el cual es largo y, como supondrán, mi sonrisa es casi perfecta.

Me refiero a esto porque el cuidado personal me lo inculcaron desde pequeño, mi padre siempre me advirtió sobre las primeras impresiones y en ellas se corre un gran peligro, pues es solamente una y nos estigmatizará así por mucho tiempo.

No creo que se trate de una ciencia exacta, pero durante mi vida me ha tocado trabajar con muchas personas, pero sólo un denominador es común, las personas con un cuidado personal son las que mejor trabajan y con el mejor desempeño.

Siempre la mejor cara

Más allá de encantar a la primera, el cuidado personal hace referencia a buenos hábitos, a una preocupación que puede sonar algo trivial, pero entrega la categoría de bien organizado a quienes ostentan un aspecto pulcro.

Si bien estos hábitos ya no son tan exagerados, recuerdo el día en que mi secretaria llego enferma a trabajar, si no hubiese cruzado palabra con ella no hubiese notado su estado de ese momento: un resfriado insostenible, pero al estar bien arreglada parecía estar más sana que el agua. Le pedí que fuera a su casa a descansar y que volviera cuando se encontrara en buen estado.

Nuestra vestimenta, cabello y piel demuestran mucho de nuestra personalidad, y para mí sigue siendo un reflejo de nuestro profesionalismo. No se trata de marcas, sino de orden y hábitos.